Openware, una visión compartida



Escrito hecho con mucho amor por German, para un supuesto libro de Endeavor Argentina, que tal vez nunca salga.


Sala de reuniones atípica. En torno a una amplia mesa negra de unos cuarenta centímetros de alto se enfrentan un sillón de estilo, negro, y una especie de futón blanco con almohadones al tono. Sobre la mesa, un pequeño y artificial “jardín japonés” y en la punta, una silla de cuero y madera que remite al logo de la empresa, dos semicírculos que se dan la espalda. Detrás, persianas romanas ocultan un gran ventanal, y algunos premios en forma de plaquetas o estatuillas más unas cuantas revistas completan el cuadro. Openware aparece tanto en los premios como en las revistas, resumiéndose años de trayectoria en la frágil pero merecida trascendencia de los reconocimientos. Una pizarra llena de escritos casi jeroglíficos y alguna que otra interrupción que no se anuncia dan señales de que ese escenario, tan armoniosamente logrado, es también un lugar de trabajo, un “lugar de encuentro”, como alguien llegará a decir.



Federico irrumpe con naturalidad y sencillez. Su entrada es vertiginosa, pero sus movimientos son lentos y meditados. Con una sonrisa apura un simple “hola”, y se sienta distendido, casi desparramado, evidenciando algo de cansancio. Esa aparente fragilidad, más la candidez de su trato, bastan para que en tan sólo unos segundos se genere un clima de confianza e informalidad. No hay dudas de que tiene ese “no se qué” tan difícil de definir que algunos llaman carisma. No se aleja de su notebook encendida, a la que continuamente observará de reojo, sin perder el hilo ni el interés de la conversación, en un movimiento casi automático que disimula mientras se acomoda el cabello, del que asoman algunas canas, detrás de la oreja. Porque aunque su aspecto sea juvenil, Federico cuenta con la serenidad propia de la experiencia, fruto de aprendizajes capitalizados a lo largo de muchos años. Ese temple es lo que caracteriza al hombre prudente, y no se desarrolla sino en la concreción que ofrece la trama espacio-temporal de un proyecto vital. Openware fue ese proyecto en la vida de Federico. Ahora bien, lo que hoy es una empresa exitosa –en el sentido amplio y profundo del término, como servicio social- es el resultado de un proceso que interesa recorrer desde incluso antes de que existiera.

Una empresa es una realidad muy compleja, que generalmente más que de una idea nace de una tendencia. El hombre, por ser temporal, no se conforma con lo que tiene sino que “tiende a más” y esa tendencia lleva a algunos a arriesgarse, por diferentes motivos, en la persecución de objetivos ambiciosos. Son los llamados emprendedores, y representan la esencia del espíritu empresario. La figura del emprendedor ha sido objeto de estudio durante muchos años, aunque sólo las líneas más recientes (Foss, Klein, Langlois, Casson) enfatizan la necesidad de incluirlo en la teoría de la empresa, por el simple hecho de que ambos se requieren mutuamente, lo cual puede sonar tautológico, pero ha sido subestimado. La dialéctica empresa-empresario es mucho más compleja de lo que a veces se cree, y no puede entenderse cabalmente desde el plano de las manifestaciones externas, como intuye Federico con agudeza: “El aspecto esencial del espíritu empresario necesariamente tiene que ser una realidad más profunda (que tener una empresa), y creo que es la posibilidad de crear valor en una escala que nos trasciende, que excede nuestro control e interés. La empresa es una excusa para poder construir puentes que unan a las personas, facilitándoles el logro de los fines que se propongan.”

Así como para el nacimiento de una empresa es esencial el emprendedor, quien se arriesga a la primera creación en un marco de incertidumbre, muchas veces con información o visión privilegiadas, pero siempre con optimismo; para comprender esa misma empresa una vez producida la segunda creación, como se denomina a la etapa en que un equipo de trabajo se congrega en torno al emprendedor para colaborar en la ejecución, es necesario rastrear en la figura de quien la creó y le imprimió, explícita o implícitamente, su timbre personal. La verdadera creación de empresa, que es la segunda, cuando una oportunidad de negocio crea comunidad gracias al impulso del líder si es tal, requiere la creación de confianza y el respeto a la libertad de los colaboradores para que la empresa pueda sobrevivir a su fundador.

Federico Seineldin nació en la ciudad de Rosario, en el año 1969. No fue un niño destacado, quizás por la timidez que lo acompañó hasta su adolescencia, aunque sí muy inquieto y observador. Probablemente fue la influencia de sus padres, Rina y Semy, reconocidos profesionales en el campo de la salud, y el apoyo constante en sus proyectos y elecciones, que hicieron de Federico una persona optimista, que sabe transmitir confianza a sus interlocutores. La personalidad emprendedora tradicionalmente se ha caracterizado como juiciosa, atenta a oportunidades y propensa al riesgo. Sin embargo, resulta sugestivo el argumento de quienes como Casson, sostienen que lo que verdaderamente caracteriza al emprendedor es el optimismo.

Es conocida la frase en la que, con gran ironía, se sostiene que un optimista y un pesimista concuerdan en que “vivimos en el mejor mundo posible”. Cuando al optimismo se le suma el realismo y la esperanza, cada acción es un intento por mejorar el mundo actual. El optimista encuentra razones para innovar, y se entusiasma por propiciar cambios que a otros desanima tan solo pensarlos. El interés, en las cosas, en las ideas y en las personas, es el primer paso para emprender. Gracias a esa capacidad de innovación e inventiva, crea nuevas realidades.

Federico mostró desde chico interés por la informática y las comunicaciones, que se intensificó cuando su padre le trajo de Europa la anhelada Sinclair Spectrum –una de las primeras computadoras de venta masiva-, a la cual exploró hasta sus últimas funcionalidades. Fue gracias a ella que incursionó en el incipiente y complejo mundo de la informática como productor, además de consumidor, al crear sus propios juegos. La revolución informática estaba comenzando y las generaciones más jóvenes contaban, quizás sin saberlo, con la posibilidad de desarrollar con sus actividades de ocio, ventajas competitivas que les permitirían aprovechar oportunidades de negocios en lo que se llamaría la Sociedad de la Información.

Ya cursando Ingeniería en Sistemas en la Universidad Tecnológica Nacional, armó su propia BBS –inicio de los actuales websites-, a la cual llamó El Agujero, y por medio de la cual entró en relación con quienes ingresaban a bajar sus programas o a intercambiar opiniones en los foros de discusión que generaba. Llegó a montar un transmisor de FM en la terraza de su casa para utilizarla como canal de comunicación de sus programas.


Además de permitirle avanzar desde abajo en conceptos que serían clave para entender los presupuestos de la Sociedad de la Información, estas experiencias lúdicas le ayudarían a vivir un aspecto cultural propio de estas verdaderas comunidades, la cooperación como modo esencial de relación.

Una pasantía en una distribuidora de NCR le significaría el primer contacto con los sistemas operativos Unix. Meses de estudio y perseverancia lo posicionarían como un referente regional en sistemas operativos abiertos, incluso frente a sus propios profesores. Es entonces cuando decide, junto a un par de compañeros de trabajo, fundar su primer empresa: Open System Solutions. Dicen que en el historial de todo verdadero emprendedor hay al menos un fracaso comercial, y eso representó esta empresa para Federico, aunque le confirió una gran victoria: el aprendizaje que le permitiría emprender un proyecto más alineado con su misión personal y más depurado en términos de calidad de servicio al cliente.

No toda oportunidad de negocio es susceptible de convertirse en una empresa en el largo plazo. Se requiere al menos la confluencia de dos factores: la satisfacción de una necesidad real, es decir, una aportación social genuina; y una misión empresarial que, de forma dinámica, congregue los intereses de todos los colaboradores en aras de su perfeccionamiento. En ese caso, el proyecto se convierte en algo valioso y digno de ser sostenido en el tiempo, de institucionalizarse. La institucionalización, que es una cristalización de la vida social, no es más que el deseo de los grupos de interés (internos y externos) de mantener en el tiempo algo que se considera valioso, porque de suyo, genera riqueza.

Es así como finalmente, en 1994 crea Openware, una empresa proveedora de servicios, soporte, consultoría y capacitación en ambientes Unix, con el soporte –en todo sentido- de su novia Daniela, hoy madre de sus dos hijos: Fidel y Ulises. Con el tiempo, Openware fue creciendo y mejorando sus servicios, desarrollando sus fortalezas y adaptándose para responder a las nuevas oportunidades. Fue el primer proveedor de servicios de Internet en el interior del país, mercado del que se alejó con la entrada de las grandes empresas de telecomunicaciones, para posicionarse como una de las empresas más reconocidas en soluciones de infoestructuras para plataformas de tecnología.

La destacada trayectoria en ambientes de redes, soluciones IP y plataformas en entornos abiertos hizo que Openware desarrollara su propia línea de soluciones, dejando atrás su modelo de negocios de consultoría y migrando hacia un modelo de proveedor de servicios gestionados. En ese contexto nace umaNa, una línea que ofrecía a las empresas soluciones remotas de tecnología informática, con las ventajas propias de la tercerización en ahorro de costos y especialización. UmaNa significó un eslabón necesario hacia el desarrollo de productos, y fue el hito para que Openware fuera reconocida entre las 100 empresas tecnológicas más importantes del país. Años de investigación y experiencia dieron como resultado Attaka, Blockware y Soporta, una línea de productos, que sentaron las bases para poder conquistar el mercado internacional.


Finalmente, Openware se posicionó como líder indiscutible en el nicho de la seguridad informática, con profesionales expertos y un equipo de investigación y desarrollo de avanzada.
Cuando un emprendedor se embarca detrás de un propósito, lo habitual es que se proyecte de manera casi idealista, y es quizás esa convicción la que contagia e invita a otros a adherir a su proyecto. Con el tiempo, los ritmos de la realidad van templando esa utopía, a la vez que van haciendo que un sueño individual se convierta en un proyecto común, capaz de sobrevivir circunstancias adversas. La crisis de 2001 no fue indiferente a Openware, y aunque por un lado fue necesario tomar decisiones difíciles, por otra parte significó el comienzo de un cambio cultural.

Reconocimientos de Endeavor, Junior Achievement, la JCI de Argentina, Trascender y otras organizaciones, junto al acceso a redes sociales como Ashoka y Avina, ofrecieron un marco de contención y les permitieron dimensionar que contaban con experiencia y recursos que podrían ser de gran valor para muchas organizaciones sociales. Recuerda Federico: “Una de las experiencias más enriquecedoras que viví, y que transformó no sólo la visión de la empresa que presido sino que también me obligó a interpelarme a nivel personal, fue haber construido un puente con un grupo de personas increíbles cuyo proyecto se llamó Radio La Colifata. Ese fue el primero de innumerables puentes, con ONGs de todo tipo, universidades, estudiantes, y otros grupos o personas de lo más diversos. Sin duda, formar parte de redes como las que generan organizaciones como Endeavor, Avina o Ashoka fue fundamental en este proceso de apostar en nuevas relaciones y contactos”

Desde siempre los hombres se han organizado para alcanzar sus fines formando un entramado de interdependencias recíprocas que se organiza primariamente en torno al sistema productivo distributivo pero que lo trasciende. A veces se olvida, como advirtió Russell, que la empresa, al igual que la política, la economía y la organización social en general pertenece al reino de los medios y no de los fines. Los fines están siempre en relación al bien humano, y el relacionarse con otros grupos además de los que componen la cadena de valor (básicamente clientes, proveedores y competidores) permite superar la lógica parcial de la eficiencia, para acceder a realidades extraeconómicas que representan los verdaderos fines humanos. Agrega Federico, “ante la complejidad, buscamos crear un horizonte de referencia compartido, un nuevo tejido social mediante la generación de sentido, a través de articulaciones éticas y dignas, con actores de distintos sectores bajo un esquema de aprendizaje continuo.”

Dialogar con distintos grupos de interés es el punto de partida para emprender proyectos comunes. Así surgió Escuela Hacker junto a Nodo Tau, Proyecto Dogo junto a la U.N.R., Proyecto Unilibre junto a la U.C.A., Facultad Libre, MoveRSE y tantos otros emprendimientos sociales con facultades, gobierno, organizaciones del tercer sector o empresas afines. Openware desarrolló una gran capacidad para relacionarse y para crear nexos. En la configuración social actual, la empresa ocupa un lugar central y de allí se deriva su responsabilidad. Tal es así que, el empresario es el que organiza la sociedad, la externa y la interna, y sólo es posible una buena relación con el exterior cuando previamente existe una preocupación por el interior, una solicitud por las personas en quienes se influye más próxima y profundamente.

Openware fue una de las primeras empresas en advertir la importancia de un área de Desarrollo de Capital Moral, que integre acciones de RHHH y RSE. El capital es algo que se acumula con el tiempo, y es susceptible de usos múltiples en el futuro. La empresa, con su acción genera varios tipos de capital (económico, ambiental, humano, social, cultural...) pero sin capital moral, todas estas formas de capital se convierten en un arma de doble filo, desde que pueden ser bien usadas o estar al servicio de intereses mezquinos o incluso perjudiciales. Sólo el capital moral, que persigue la excelencia humana, garantiza que los fines perseguidos sean verdaderamente legítimos. Una cultura organizacional positiva es un tipo de capital moral, que crece con las debidas inversiones de esfuerzo y tiempo. Openware es un buen lugar de trabajo porque son sus mismos colaboradores quienes con su compromiso permiten una síntesis continua de profesionalismo y humanismo.

La estructura de Openware es marcadamente horizontal y el sistema formal es el mínimo necesario para asegurar la equidad y el orden, dado que se fomenta el desarrollo del sistema informal o espontáneo, más flexible, y que genera un clima laboral más distendido y con mayor capacidad de reacción al dinamismo propio del sector tecnológico, lo cual permite que prime la relación interpersonal por sobre la funcional. Como se apuesta al autocontrol, se presta especial atención en que los sistemas no sean un obstáculo para que las personas mejoren su calidad motivacional, es decir, la capacidad de tomar decisiones por mejores motivos, a través del desarrollo de virtudes morales. Se busca que los colaboradores puedan encontrar en su trabajo un medio de desarrollo integral, del cual el profesional es solo un aspecto.

Openware ha escrito un documento llamado Compromiso de Confianza, donde expresa su misión, visión y valores, que resumen la cultura que persigue. Con su firma, los colaboradores se comprometen a esforzarse por cumplir los lineamientos éticos que la empresa propone. La visión reza: “visionamos un mundo distinto, donde la ubicuidad de las redes y la tecnología, permitan construir comunidades cooperativas, economías centradas en servicios, organizaciones virtuales, sociedades más justas y seres más libres a través de la interacción e intercambio social continuo, de información y conocimientos.” Openware afirma su compromiso de actuar como agente de cambio, para transformar esa visión en realidad, respetando y promoviendo los siguientes valores: innovación, flexibilidad, integridad y diversión.

Cabe destacar que los valores que se promulgan, se viven, siendo la misma supervivencia de la empresa prueba de ello. En una industria creciente como la tecnológica, donde los cambios son cada vez más rápidos, es requisito para sobrevivir el saber adaptarse a los mismos innovando continuamente y re-definiéndose con flexibilidad. La integridad, en su doble significación, como rectitud ética y como unidad, es el único camino admisible para un desarrollo sustentable, que sepa crear comunidad, unidad en la diversidad que sólo el bien puede hacer converger. La diversión apunta a un clima de trabajo humano, donde “la gente, de modo natural, sonríe”. La estrategia apunta a la integración, interna y externa, dado que, como afirma Federico, “sólo con una estrategia que reinvente formas de participación ciudadana desde el ámbito familiar, escolar, laboral y comunitario consolidaremos un capital humano capaz de entender las inequidades y paradojas del sistema. Debemos enfrentar el mañana: absorbiendo, aplicando, compartiendo y generando conocimiento de una manera distinta.”

Un timbre inoportuno. La blackberry le recuerda a Federico que tiene que ir a buscar a uno de sus hijos al colegio. Se levanta abruptamente, con la seguridad que otorgan las prioridades vitales y sonríe. Se despide con un beso y una sola palabra, “gracias”. Lo miro en silencio y sonrío, sin poder evadirme de tantas ideas que resuenan en mi cabeza, y que interpelan mis paradigmas más profundos. Con la misma rapidez con que entró, abandona la sala, y por alguna extraña razón me mantengo en silencio, y en la cómplice hospitalidad de una sala de reuniones atípica, aunque a destiempo, le respondo: “Gracias a vos Fede, por todo”.

Germán Scalzo