La fuerza hace la unión


Dice el viejo refrán que “la unión hace la fuerza“. Sin embargo, creo más bien en su contrapartida, “la fuerza hace la unión“, porque resalta la libertad en lugar de la necesidad. Es cierto que en general, quienes se unen se hacen más fuertes, pero no es la fuerza el fin sino la unidad. No cualquier fuerza congrega a un grupo de personas en torno a un proyecto común -al menos no de manera sostenida- sino la fuerza de los sueños y los ideales que se concretan en apuestas vitales por ese proyecto. A fines de 2008 hemos sido testigos de un hecho histórico: Globant y Openware, dos emprendimientos nacionales, se unen para perseguir un sueño global, planteado en estos términos una verdadera contribución al bien común, que es lograr lo particular con el concurso de lo universal.
Podría caer en el lugar común de comparar visiones y valores de estas empresas, para concluir que son más las semejanzas que las diferencias y las oportunidades y fortalezas que se derivan de dicha fusión. Pero la crisis mundial que nos legó el 2008, como todo quiebre en la convivencia social, genera una desconfianza tal que ese esfuerzo sería vano, no pasarían de ser meras palabras vacías de contenido. No obstante, no sucede lo mismo con los hechos, que hablan por sí mismos. El orden económico mundial ha sucumbido, y el herramental técnico que tenemos, no nos sirve para entenderlo porque la crisis, en el fondo, no es del orden económico sino ético, es una crisis de confianza.
Y quizás sean los momentos de dificultad compartida, los mejores para que la desconfianza pueda dar paso a la apuesta por un proyecto común. Detrás de todo proyecto común hay intereses, pero sobre todo hay esperanzas y voluntades que se abren a un nuevo mundo de relaciones. Todo parece indicar que el aspecto material está finalmente perdiendo fuerza en aras del relacional, que es lo más propio de las organizaciones humanas. Las relaciones personales requieren apertura, capacidad de aprender y confiar, pero ofrecen a cambio la posibilidad de alcanzar la alegría verdadera, que les está vedada a quienes sólo persiguen la abundancia material, un proceso estéril que no tiene fin. El ideal del capitalismo es perverso, porque busca la maximización de las utilidades de individuos que se utilizan entre sí en beneficio propio. En ese contexto, podrá existir a lo sumo un acuerdo contractual más o menos duradero, pero no unidad, porque las fuerzas se dispersan detrás de los intereses individuales. Sólo los ideales comunes congregan la fuerza que garantiza la cooperación y el crecimiento personal necesario para poder ofrecer un servicio de calidad, principal responsabilidad social de toda empresa.
La sociedad argentina celebra las nupcias de estas jóvenes promesas, que sin duda contribuirán al desarrollo del país y a la generación de valor. Sin embargo, y aunque suene exagerado, quizás las posibilidades que se abran sean más trascendentes aún. La crisis global ha puesto de manifiesto que la humanidad toda, en búsqueda de pistas para un nuevo orden económico, observa expectante a las empresas de tecnología de la información, que se caracterizan por ser innovadoras y creativas. Esto no sólo se debe a que las reglas de juego han cambiado, sino más importante aún, a que es en estas empresas donde se observa con mayor claridad que el éxito depende de la gestión del capital humano; y creo que es hora de que aceptemos que las empresas del mañana serán aquellas que sean capaces de promover y capitalizar la riqueza que toda persona humana es capaz de dar. Ante la complejidad, el criterio rector es que la unión es posible si confiamos en la fuerza de los valores.
GS